Ocaso de sol
¿Acaso no es hermoso un ocaso de sol?, el acabose, el ver esconderse nuestra estrella tras el perfil gris azulado de la serranía, por encima de la copa de un manzano, es naranja, no manzana, una naranja cuasi perfecta descendiendo cual campanadas de fin de año, consumiendo sus instantes de ensueño, dejando paso a la enigmática noche que le responde con aplausos. Cuento el tiempo. Se va escondiendo, juega conmigo al juego del escondite allá a lo lejos, resplandeciendo. Cuando definitivamente se haya ido, dejará un rastro de luces, una estela de colores, una franja anaranjada, unos recuerdos indelebles en el tiempo. Le cuento cuentos. Me invento el tiempo. Puedo mirarlo con los ojos abiertos, sin que me hagan daño sus rayos, cuando desperezando sus brazos ha decidido tomar un descanso, es escaso el tiempo, pero intensa su presencia al estar a su lado, ahora que puedo mirarlo, que se deja, que aunque lejos, está tan cerca, a mi lado, le abro la puerta de mi casa, las ventanas, salgo al patio y con un vaso frío de refresco en las manos, acercándolo a los labios, bebo despacio, le veo, al sol, su ocaso, y le lanzo un beso sentido, herido, rasgado de dolor. Si no quemase tanto, le atraparía entre mis brazos, le anclaría al suelo, conmigo, en este verde patio, si no estuviese tan lejos y otras circunstancias me permitiesen ser el dueño del cielo, le apretaría contra mi pecho en un fuerte, recio y varonil abrazo, en un ardiente y apasionado estrujón de dos cuerpos calientes a un tiempo, mi sol, mi ocaso, mi estrella diurna que tan sólo te tengo y contemplo cuando cansada vas camino de la cama, de día estás tan radiante, tan pletórica de energía, tan dueña de otros mundos y otros cielos, que tu mirada lastimaría mis cansados, blandos y tiernos ojos, por ello nunca te miro cuando recorres el mundo a tu libre albedrío, te tengo presente siempre, a cada instante, pero no te veo, no me dejas, me harías daño, ¿cómo escribiría cuentos un ciego si tú me cegaras de día?. Con esa solera que te dan las primaveras almacenadas en cubas de roble de vino añejo de rancio abolengo, te escancias sobre las rocas serranas que miran hacia occidente, te veo caer en el atardecer cual vino derramado, cual moscatel ó rosado, cual vino generoso, fuerte y añejo, ó seco, fermentado y no azucarado, me gustas cuando tienes burbujas y me haces cosquillas en la nariz, cuando eres un espumoso gasificado, con gas carbónico inyectado y doble efervescencia, un espumoso adolescente entonces me pareces, y te veo joven, trasnochado, vital, con ganas de saltar sobre la cama y no echar las sábanas hacia atrás, de brincar y no dormir, de hablar sin parar, de no querer descansar, de parar el reloj y eternizar la vida en un instante, de dejar burbujear la brújula que las brujas barajan entre sus manos indicando el lecho donde has de pasar la noche y sin embargo tú no querer cerrar los ojos, sino disfrutar de las cosquillas en la nariz, con la dulzura de tu sangre embriagada ahora de un vino dulce, azucarado, tierno, para olvidar y vivir tan sólo el momento en que el tiempo se detiene y no hay un mañana ni un ayer, tú y yo, sol, frente a frente, mirándonos sin hacernos daño, sin tenernos miedo, sin saber quienes somos, quienes fuimos ó quienes seremos, jugando a relajarnos, a tenernos, a conjugar verbos, yo te tengo, tú me tienes, nosotros nos tenemos, saborear el azúcar en la lengua, en los labios, en el paladar, gozar del frescor del atardecer, de tu presencia que que se me va, que ahora si, se me va haciendo ausencia, se me va haciendo vino de lágrima, destilado de la uva sin exprimir, sin apretar el racimo, que surge de las caricias que mis ojos tristes te inspiran y mis misteriosos silencios te confunden y te llenan de miedos, miedo me das tú, ahora que han pasado los efectos de los vinos que tomamos juntos, que dejas paso a la noche solitaria y declinas tu brillo tras las montañas, la magia se rompe en cachos, pero te pienso, pero no te tengo. Ay, si pudiera detener el tiempo. No quiero dejarte ir. Me da miedo la oscuridad. Me da miedo la soledad. La soledad. Sol y edad, ¿dónde vas?. Tu edad no es edad, es otro lugar, lejos, un suspiro que no sé de donde ha surgido, el vaso que ya está vacío, la noche llega, se queda, tú no estás. ¿Acaso no es hermoso nuestro ocaso de sol? . Te fuiste.
Estaba tan ciego que no vi la luna, sabes, me dicen que eres tú quien proyecta la luz de la luna, me dicen que si miro la luna no te habrás ido y te tendré de nuevo conmigo.
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maria -